Ponzi Scheme es un juego publicado en 2015 por Tasty Minstrel Games, diseñado por Jesse Li e ilustrado por Chih-Fan Chen, para de 3 a 5 jugadores y una duración de 60-90 minutos, si bien mis primeras partidas no han llegado a durar eso (veremos en adelante por qué).

Este es un juego económico, que toma como tema el llamado “Esquema Ponzi”, una estafa piramidal perpetrada en los años 20 en EEUU consistente en crear una empresa en la que los inversores obtienen unos altísimos intereses en un espacio muy breve de tiempo, y cuyo “truco” es que esos intereses se obtienen no invirtiendo en ningún tipo de “bien” o actividad, sino gracias a las inversiones de nuevos inversores.

Es decir, un sistema dependiente de la entrada “continua-infinita” de nuevos inversores, que colapsa cuando dejan de entrar suficientes inversores para cubrir el pago de intereses.
Y básicamente es eso lo que hacemos en el juego.

Comenzamos más pelaos que el culito de la Barbie y en cada turno hacemos dos cosas: 1) metemos dentro de nuestra empresa a un inversor (en adelante, un “primo”, un “lila” o un “julai”, como queráis llamarlo) entre los disponibles.
Con eso ingresamos pasta (el número grande).

El problema es que ese “julai” se coloca en una especie de rueda-hexágono que va a servir para contar los turnos, y cuantos de esos turnos faltan para que el “lila” nos pida sus intereses.

En este ejemplo, la flecha roja señala a un “primo” que nos había soltado 31 machacantes, pero al que tenemos que pagar 28 de intereses.

Después de coger a un primo, podemos coger un edificio (que vendría a representar la “parafernalia empresarial” que construimos para dar credibilidad a nuestra estafa), que al final de la partida serán los puntos que obtendremos si no hemos colapsado.

Cuando todos los jugadores han hecho esto, podrán intentar “comprar” los edificios de los otros jugadores, haciendo una oferta en secreto, utilizando esta especie de carterita de piel,

y esta mecánica resulta muy simpática ya que el “receptor” puede doblar lo ofertado y obligarte a ser tú el que le vendes tu edificio.

Podríamos decir que el nucleo del juego consiste en calcular qué tipo de “primos” te interesa meter, viendo cuánto te dan y calculando cuánto y cuándo vas a tener que devolvérselo, en una intensa huida hacia adelante de continuo empufamiento, y que el asunto de los edificios es la guinda en la que invertiremos “el sobrante” que creamos tener (si vamos cubriendo gastos) o con el que conseguir algo de dinero de otros jugadores si vamos muy mal, pero que a su vez no podemos descuidar ya que serán lso puntos de final de partida.

POr mucho que los jugadores quieran “controlar” la situación, tarde o temprano alguien no podrá pagar los intereses de sus inversores y el juego terminará.

Esto además se ve acelerado por lo que podemos llamar el “colapso del mercado”: cuando en el “pool” de inversores se acumula una cantidad de inversores con un icono-dibujo de “oso”, el mercado “colapsa”, y la rueda de los turnos avanza dos veces. Y todo el mundo tendrá que pagar lo que corresponda.

SENSACIONES:

Con dos partidas, la sensación es la de estar ante un juego que representa muy muy bien el tema, muy económico, pero en el que la mecánica del “push your luck” que se deriva de cómo colapsa el mercado (que suele ser lo que desencadena la bancarrota de un jugador y el final de partida) es definitiva. En este juego normalmente casi todo el mundo va al límite, ya que la victoria depende de que otro colapse antes que tú, y en ese momento se el que mejores edificios tenga.  Y eso suele pasar cuando la rueda gira dos veces y se lleva por delante a alguien que necesitaba ese turno extra para “financiarse gracias a un nuevo primo”.

Muy posiblemente jugadores más expertos y sesudos sepan ajustar mucho más y alargar la partida, alejándose de esa sensacíón de “azar” que yo he tenido en mis primeras dos partidas, que, por otra parte, creo que duraron entre 30 y 45 minutos.

En resumen, creo que es un juego más cercano a la sensación de “filler” que a la de “juego de copa y puro”, bien pensado y original, con unos componentes sobresalientes, que se queda un poco a medias de una cosa y la otra, al que no diría que no a una partida pero que no creo que entre en mi ludoteca por el momento.

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