Si amigos!!! en El Dado Único queremos celebrar la gran cantidad de seguidores a los que llegamos en 2017. Unos resultados que para nada esperábamos y que desde nuestra humilde morada queremos agradecer de alguna manera.

Así que, planteamos un sorteo muy sencillo. Durante sus andaduras por Rusia, Miguel Strogoff sufrió un sinfín de penurias y calamidades, reviviremos con vosotros estas vivencias.

Entre todos los que entren en la reseña de Miguel Strogoff y nos cuenten una anécdota graciosa en la que hayan sufrido como nuestro protagonista, sortearemos este maravilloso juego de DEVIR.

Cuéntanos vuestras andanzas y revive con nosotros la historia de Miguel Strogoff.

Por supuesto, no olvides dejar algún método de contacto, al dejar vuestro comentario (usuario de twitter, facebook, si no queréis que sea publico, podéis ponerlo en el perfil de la web).

Atención!!! última hora, entre todas las anécdotas que recibamos, le pediremos a Pedro Soto (Ilustrador de Miguel Strogoff), que elija la mas graciosa, para entregar, otro regalo sorpresa!!!

Lo mejor es que el señor Pedro Soto, aun no lo sabe, esperemos que acepte.

Uyy que se nos olvidaba, cerraremos el concurso en 10 días, 26 de enero fecha limite.

10 Comentarios

  1. Mi primer campamento de verano… El primer día se nos ocurre jugar a los encierros de San Fermin con un perro y acabo alcanzado por el animalillo en forma de mordisco en una zona bastante sensible (no os preocupéis, me he recuperado perfectamente). La tercera noche sufrimos una epidemia de gasteointeritis en la tienda con la mala suerte de que dormía en el lugar más alejado de la puerta y al segundo apreton, bueno, no me dio tiempo. Y x último el penúltimo día se celebraba la fiesta del pirata y mi madre se había equivocado de disfraz y me había metido en la maleta el de pueblerino… Fui elegido por unanimidad para encabezar el desfile…. Genial.
    Al año siguiente no volví…
    @ferguiji

  2. De pequeño (tendría unos 5 años) estaba jugando con una grapadora industrial como ésta http://img.directindustry.es/images_di/photo-m2/122805-6352963.jpg Mi madre me dijo que lo dejara,que me iba a hacer daño…y yo,claró está, hice oidos sordos. Y como no podía ser de otro modo, me grapé una enorme grapa en toda la palma de la mano. Me metí el puño en la boca para no gritar. Aquello dolía como mil demonios, pero mas me iba a doler oir decir a mi madre la temida frase: TE LO DIJE!!! así que contuve el dolor, estuve dando saltitos por toda la casa, y no sé como conseguí que nadie se diera cuenta de lo que había pasado. Miguel strogoff hubiera estado orgulloso de mí. A día de hoy todavía tengo la grapa en la mano, como recordatorio de que las madres sienpre tienen razón…

  3. Salamanca, llegamos al hotel por la tarde: típico hotel de una cadena que tiene un nombre larguísimo combinado “cadena de hoteles+nombre propio del hotel”. Salimos por ahí a tomar un algo y otro algo, y otro… En un punto determinado de la noche toda la pandilla se va retirando (en secreto, estoy seguro) hasta que me quedo solo. Al cabo de un rato me doy cuenta de que efectivamente estoy solo y decido marcharme a casa, pero claro, en el estado en que estoy no encuentro el hotel. Después de un buen rato dando vueltas por calles acabo llegando al hotel, creo. Entro, pero entonces surge la duda ” en qué habitación estaba?”: entro, subo a la primera planta, a la segunda y a la tercera, para ver si hay algo en los pasillos que recuerde para orientarme, pero esos hoteles son todos iguales. Nada, incluso me pregunto si era ese hotel, porque nada me suena. Estoy cansadísimo y me siento en el suelo del pasillo, apoyado contra la pared para pensar y… me quedo dormido.
    El chico de recepción empieza a hacer la ronda nocturna para comprobar que todo está en orden y al llegar a la tercera planta me ve tirado en el pasillo; viene a despertarme. Tengo tan mala pinta que el tío me dice que me vaya del hotel, pero yo, desorientado, le digo que me deje en paz y que estoy durmiendo. El chico llama a la policía, que llegan enseguida y me despiertan con un tono algo agresivo. Me dicen que tengo que salir del hotel, pero yo les digo que estoy durmiendo y que me dejen tranquilo, y entonces me preguntan “¿y cómo se llama el hotel?” y yo no me acuerdo… Me levantan y me llevan fuera,a la calle. Por el camino les digo que este es mi hotel, que se marchen y que me dejen tranquilo. Al llegar fuera me doy la vuelta y les digo, ¡éste es mi hotel, os voy a denunciar!. Los tíos me preguntan mi nombre para hacerme una receta, se lo digo y entonces el chico de recepción se da cuenta de que le suena el nombre. Le cambia la cara y se va corriendo a recepción. Vuelve en un minuto y dice que sí que estoy alojado en el hotel, en la habitación 312. Los policías se quedan callados, y entonces me agarran por los brazos, me meten en el hotel, entramos en el ascensor, llegamos todos a la tercera planta, abren la puerta de la habitación 312 encienden la luz y me meten en la cama. Mi compañero de habitación está alucinando en la cama de al lado. “¿Y esos policías?” “Que no encontraba la habitación…”.
    Al día siguiente no me acuerdo de nada y reconstruimos los hechos. Nos invitan al desayuno.

  4. Una tarde salimos mi pareja y yo con unos amigos, bebimos muchísima cerveza (demasiada) y volvimos por la noche a casa. A nosotros nos gustan mucho los animales así que ese día casualmente teníamos en casa a dos gatitos cachorros, muy bebés, de acogida temporal, y durmieron en nuestra habitación con nosotros.
    Resulta que yo a mitad de noche me desperté porque me vino un fuerte olor a caca. Encendí la luz y vi que había sobre su pierna una mancha marrón, pensé que efectivamente sería mierda así que busqué enfadada a los dos gatos y los metí en el transportín por haberse cagado encima nuestra.

    El caso es que al día siguiente por la mañana fui al baño y me encontré el bidé marrón, bueno… Y la toalla de lavarnos las manos también. Yo ya me quería morir del asco y no entendía nada. En ese momento apareció mi pareja con el culo al aire y le dije: “¿Que ha pasado en el baño?”, a lo que contestó: “No sé, será de anoche cuando me cagué”.
    Mi respuesta fue: ¿Que te QUÉ?

    Tras este giro de acontecimientos busqué a los pobres gatos que había encerrado esa noche enfadada y me los llevé a otra habitación a dormir todos juntos mientras el monstruo de la caca limpiaba todo lo que había ensuciado. La verdad es que fue asquerosamente gracioso.

    Contacto correo: stalmaco7910@gmail.com

  5. Invierno. Noche cerrada. Muchísimo frío. Me dispongo a bajar de un avión que me dejaba en la ciudad noruega de Bergen para visitar a mi novia, que estaba de Erasmus. Ni papa de noruego y lo básico para defenderme en inglés. El viaje ya había empezado regular después de haber tenido que hacer noche en el aeropuerto de salida y de muchas turbulencias durante el trayecto. “Por fin llegué”, pensé al poner los pies en tierra firme. Iluso de mí, no sabía lo que me esperaba…

    Era mi primer viaje facturando equipaje y estaba pelín nervioso. Llevaba mi maleta de mano, aunque tuve que facturar dos más para transportar las ingentes cantidades de comida y ropa de abrigo que mi suegra había mandado conmigo. Recorrerse Europa para un propósito tan noble a lo Miguel Strogoff es algo a tener en cuenta… pero volvamos a la historia. A las maletas. Por las horas apenas había gente esperando a recoger su equipaje en las largas cintas y cuando por fin vi aparecer las mías la cara se me iluminó. Incluso no me importó que un perrete se me acercara a olisquearme los zapatos mientras su dueña no hacía mucho por impedírselo. Siempre fui más de gatos que de perros, pero aquel Beagle me pareció simpático. Antes de que pudiera largarme de allí con mis maletas, la dueña del perro me espetó algo en un idioma que no entendí (noruego), así que con cara de asombro le solté un burdo “Excuse me?” intentando hacerme entender lo mejor posible con mi marcado acento andaluz. Al ver que el idioma vikingo no era lo mío y que quizá pudiera conseguir algo en inglés, la mujer cambió a ese idioma y me preguntó si hablaba noruego (como si no hubiera quedado claro ya). Negativo. Probó suerte con el inglés y, sin saber por qué, también le di una negativa. Supongo que no me olía bien aquello. “Acompáñeme inmediatamente”, me soltó. “¿Que te acompañe por qué?”, pensé atónito. Entonces me percaté de que la dueña de ese perro no era “una dueña normal de perro”, era una vigilante de seguridad y aquel Beagle tan simpático no vino a saludarme porque le caí bien, supongo que estaría buscando droga.

    Vaya por delante que no he consumido droga en mi vida y mucho menos la he transportado en vuelos internacionales, así que no es que estuviera muy acostumbrado a aquello. Me llevaron a una zona apartada repleta de vigilantes de seguridad y uno de ellos, un noruego bajito (¿dónde estaban los tópicos en aquel momento?), me metió en una sala de espera de un tamaño similar a un cuarto de baño. En ese instante yo estaba un poco en shock y en mi cabeza solo revoloteaban esas historias de personas a las que les cuelan droga en los equipajes y se pasan años en una cárcel extranjera. Por suerte antes de que siguiera torturándome mentalmente a mí mismo, el vigilante empezó el interrogatorio. Y digo interrogatorio porque literalmente fue lo que hizo. Por supuesto indagó en toda mi documentación, me preguntó por mi familia en España, me preguntó por mi trabajo, mis estudios, me preguntó el por qué viajaba a Noruega… esa última pregunta me hizo click y que volviera un poco a la realidad. ¡Joder!, mi novia estaría esperando fuera sin saber por qué no salía del avión en el que venía, mientras aquel hombre me taladraba a preguntas. Aproveché para explicárselo y pedirle si al menos podía avisarla para evitar preocupaciones. “Sí, sí, ahora mismo”, me dijo. Me hizo preguntas sobre ella, me hizo mostrarle fotos en mi móvil.

    Después de esto fuimos a por las maletas en la cinta transportadora. Sí, todavía seguían allí dando vueltas. Volvimos a aquella fatídica sala de espera y continuó el show. Tuve que abrirlas para enseñar su contenido. Todo habría ido rápido y bien si fuera una maleta normal. Ya sabéis: ropa, más ropa, un cepillo de dientes, quizá un ordenador portátil y más ropa aún. Pero como dije antes, llevaba dos maletas repletas de comida española para semanas de supervivencia en Noruega. A mi suegra le pareció buena idea añadir especias y similar envueltas en papel de aluminio. A mí también, para qué mentir. Al menos hasta ese momento, pero se ve que al señor vigilante no le gustó la idea porque me hizo abrir todos y cada uno de los paquetitos. El momento álgido llegó cuando al abrir uno de esos aluminios apareció esa sabrosa sal en escamas que llevaba para unos entrecots el día del cumpleaños de mi novia (sí, su madre es muy detallista, desde luego). El tío me miró con cara rara y me preguntó qué era eso. “Sal”, le contesté. Se le torció el gesto y me contestó “¿Solo sal?”. No me jodas, igual se pensaba que yo era el mismísimo Walter White y llevaba dos maletas llenas de chorizos y longanizas de Torrebaja con el único propósito de conseguir colar un paquete minúsculo de metanfetamina (blanca, no azul) en Noruega.

    Luego de probarla y quedarse tranquilo, continuar desmontándome el Tetris de la maleta que tanto tiempo me llevó cuadrar e incluso hacerme abrir un regalo envuelto que llevaba a mi novia, me dejó volver a guardar todo y se fue de la habitación. Pensé que por fin se iba a acabar aquello y que habría ido a avisar a mi novia, ya que aquello se estaba alargando bastante. Demasiado optimista fui. El simpático (sí, es una ironía) hombrecillo volvió y ni corto ni perezoso me ordenó lo siguiente “tienes que quitarte la ropa, tengo que comprobarla”. Sin terminar muy bien de asimilarlo y supongo que harto de la situación, empecé a quitármela mientras se la pasaba para que comprobara que en mi manga de la sudadera o en el pliegue de mis vaqueros no había un par de papelinas de cocaína. Pero en un acto reflejo paré en los calzoncillos. El vigilante se percató y me espetó un agradable “Toda”. Lo miré y solo me salió un “Toda… ¿toda?”. Sí, efectivamente, tuve que quitarme los calzoncillos para que comprobara que allí tampoco había ni rastro de droga. En aquel momento me molestó, luego reflexionando en frío pensé que podría haber sido peor: podría haberme ocurrido en EEUU y que un policía aduanero de 120 kilos me hiciera una comprobación rectal. Bueno, digamos que desnudarme en un frío habitáculo noruego fue un mal menor.

    Aquí no acabó la cosa. Supongo que viendo que no había absolutamente ningún indicio de posesión de drogas, pero suponiendo que el perro se paró conmigo por alguna razón (desde aquí te maldigo, Beagle), el vigilante empezó a hacerme preguntas sobre si consumía algún tipo de estupefaciente. “¿Has consumido drogas en las últimas 24 horas?”. No. “¿Has consumido drogas en la última semana, último mes?”. No. “¿Alguna vez has consumido drogas?”, me preguntó ya como último intento. “En serio, no”, le respondí. Así que se apresuró a calmarme con un “Chico, no soy la policía, no te voy a detener ni nada por el estilo si lo has hecho”. “Perfecto”, pensé, “pero eso no va a cambiar el hecho de que no me drogue”. Entiendo que tampoco le convencieron mis palabras, ya que se marchó para volver con un bote de plástico y ordenarme acto seguido que meara en él. Lo hice, aunque ya bastante cabreado con la situación le pedí que saliera de la habitación si no quería que nos pegáramos allí toda la noche, porque no iba a hacerlo con él mirando. Accedió a salir, llené el bote, se lo llevó y a la media hora volvió con un papel: “Negativo, has dado negativo”. Lo miré con un poco de desdén aliviado por el resultado y harto de estar allí: “Ya lo sabía, ya…”. No obtuve más respuesta que “Perfecto, ya te puedes ir”. ¿En serio? Casi dos horas de mi vida perdidas mientras buscáis drogas inexistentes, en un país extranjero, habiendo pasado con éxito todas las pruebas habidas y por haber… ¿y ni una sola disculpa al menos?

    Cogí mis maletas y me largué de aquella habitación sin pararme a saludar a nadie. Solo quería salir de allí. Cuando por fin atravesé las puertas allí estaba mi novia, prácticamente sola porque hacía ya mucho que la gente de mi vuelo se había marchado, con la cara desencajada. Sí, lo habéis adivinado, el vigilante ni siquiera se dignó a avisarle de mi situación. Todo un dechado de amabilidad y simpatía el señor. Y toda una experiencia, eso también. He perdido la cuenta de las veces que la he narrado ya entre familiares, amigos y conocidos. Al menos me sirvió como aprendizaje y desde aquel día no me acerco a un Beagle a menos de 500 metros. Aunque a decir verdad tampoco he tenido ningún problema más en mis viajes al extranjero… salvo quizá cierta peripecia en el metro de Roma, pero bueno, eso ya es otra historia…

    Contacto Correo: mr-j_vj_mf@hotmail.com

  6. ¿Sabéis eso de que tenéis un miedo irracional y os preguntáis el por qué sin alcanzar a entenderlo? Lo normal, claro, por algo se llama miedo irracional.

    Pues bien, yo tengo fobia a las arañas. Nada extraño, teniendo en cuenta que comparto miedo con miles de personas alrededor del mundo. La diferencia es que yo juraría que conozco la razón…

    Imaginad que tenéis unos 7-8 años. Imaginad que estáis jugando en una piscina familiar ya bien entrado septiembre, cuando el verano da sus últimos coletazos. Imaginad que por las fechas, la piscina ya ha dejado de recibir cuidados, pero aún está lo suficientemente limpia para bañarse, aunque sí que hay algún que otro forraje en el fondo. Imaginad también que vuestro juego consiste en lanzar al agua y recoger una pelota de tenis. En soledad. Supongo que era muy espiritual yo. Imaginad que en uno de esos lanzamientos la pelota sale fuera del agua, pero tú no te das cuenta porque has acompañado el movimiento con una zambullida, así que seguid imaginando que por esa mente inocente e infantil la mejor explicación que encuentras al salir es que la pelota de tenis en lugar de caerse fuera de los bordes (lo lógico), en realidad se ha hundido y es esa forma oscura e irregular que yace en el fondo. ¿Qué podría salir mal? El tamaño concuerda. Por último imaginad que os sumergís en el agua, agarráis “la pelota” y salís a la superficie. Que abrís la mano para poder continuar con el juego, pero en ella no está tu pelota de tenis, está el cadáver de una araña peluda, repugnante y asquerosa. Grande, asombrosamente grande (o eso te parece a ti). Que te quedas paralizado con esa cosa en la mano y el corazón te da un vuelco.

    ¿Sabríais decir entonces por qué tengo miedo a las arañas? A veces pienso que esta anécdota tuvo algo que ver… Ya solo me queda descubrir por qué cada vez que alguien me habla de jugar al tenis, instantáneamente y de forma involuntaria mis piernas echan a correr. Se aceptan sugerencias… Gracias a todos.

  7. “Organizar” un partido de fútbol, citar a los fod equipos a la misma hora, pero en diferentes complejos deportivos. Por eso ya no organizo eventos

  8. Cuando vas a comprar al supermercado una cosa en especial, y de camino haces toda la compra como para no tener que ir en una semana, te vas a tu casa y cuando abres la bolsa lo único que realmente necesitas ( cosa que habías ido a por ella a posta), vas y no la compras… me pasa practicamente a menudo…😅😅😅

  9. Hace años fui con un amigo a pasar el fin de semana en el monte. Llevábamos las cartas para jugar al guiñote, unas cintas de The Cure y botellas de alcohol. A primera hora de la tarde imtentamos montar la tienda de campaña…. Qué a gusto dormí en casa esa noche. Ni MacGyver monta eso.

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